28.3.11

I want to believe

No me apetece escribir sobre Libia, ya lo hice para Horizonte y mi análisis caducó al día siguiente. Mientras el mundo parece desmoronarse, yo elijo el momento, Rick Blaine mediante, para enamorarme. De una serie: Expediente X. Fue un rollete de la adolescencia, es cierto, pero estos últimos días hice un remake de aquellos confusos años revisitando esa serie que, junto a Los Simpson, al grunge y en especial a Nirvana, a unas pocas películas como Trainspotting, y a una felación presidencial, marcaron la década de los 90.


Que el talento creativo de la ficción en formato audiovisual ha sufrido un trasvase, de la gran a la pequeña pantalla, parece incuestionable. Las series de televisión han ido adquiriendo una importancia en la oferta cultural occidental incalculable, y no solo es debido a internet y a su gran poder de accesibilidad. Al espectador le gusta convertirse en fan, le gusta sentirse identificado semana tras semana con un personaje -¿quién no ha sentido complicidad hacia Tony Soprano, Hank Moody, Jimmy Mcnulty, William Adama, o hacia el mismísimo Homer Simpson, por ejemplo?- , le gusta hacer cábalas y mantener el suspense ante una trama y le gusta, sobre todo, ser dependiente, estar enganchado, acudir a la pantalla para obtener la dosis que lleva días esperando. Las buenas series son una verdadera droga. Y no tanto la guerra, como nos mostró la Bigelow en su oscarizada The Hurt Locker -no sé quien narices será el responsable del titulicidio que la bautizó como En tierra hostil.





Una de las precursoras de esta drogadicción, con tramas adictivas y generadoras del síndrome de abstinencia, fue Expediente X. Una serie que estuvo 9 años en antena, dejando dos películas, un spin-off (Los pistoleros solitarios), frases para el recuerdo -The Truth is out there- y sobre todo una legión de fieles fanáticos. Sin olvidar la coba que ha dado a todas las supuestas conspiraciones del Gobierno estadounidense que ya se han vuelto casi mitológicas: desde el asesinato de JFK hasta el encubrimiento de vida extraterrestre. El ímpetu y tenacidad de Fox Mulder, su lucha incesante por la verdad contra todo el que se tercie, la tensión sexual inteligentemente dilatada y tratada con Scully, la hicieron una serie épica. De hecho, su influencia se ha dejado ver en otras series, la mayoría fallidas como Los 4400 o en timos históricos como Lost.



Pero si ha sido tan seguida por millones de espectadores, fue precisamente por los temas que tocaba y no sólo por el empeño de sus legendarios personajes. En la serie se deja claro que, todo aquel que ose creer en lo paranormal o en los marcianitos, será tachado de friki, loco, aburrido, paranoico, solitario y con afán de protagonismo. Si un periodista se le ocurre relatar alguna experiencia o suceso que se escape de una explicación lógica, será relegado al sensacionalismo y a la prensa de segunda clase. Si a un científico se le ocurre declarar que los espíritus existen o alguna que otra santería, su carrera profesional pasará a mejor vida.

Pero lo cierto es que, y aunque cueste decirlo, como leí en Muchas vidas, muchos maestros de Brian Weiss, la mayoría de las personas ha coqueteado con experiencias que, al menos, rozan lo paranormal. No es cuestión de alzar la bandera de las pseudociencias como la ufología o darle prestigio y credibilidad a todo individuo que escucha voces en el pasillo de su casa o ha visto un platillo volante en la finca del pueblo. La mayoría de los charlatanes son desmontados con argumentos razonables, lógicos y fundamentados. Sin olvidarse de las conspiranoias varias, desde el fin del mundo en 2012 y el plan oculto de Washington para refugiar a la élite -Jesse Ventura, actor de los 80 y ex gobernador de Minnesota dedica una investigación a ello- hasta el New World Order, azuzado por David Icke entre otros y con permiso del movimiento Zeitgeist, pasando por Daniel Estulin y su obsesión con el Club Bilderberg, todos ellos carne de Iker Jimenez, y todos ellos con argumentaciones llenas de agujeros por los cuales se vislumbran ansias de fama y protagonismo o simplemente de tener unos buenos ingresos mediante la venta de libros. Y, bueno, qué decir de la madre de todas las conspiraciones que no se haya dicho ya: los judíos dominamos el mundo y todas las demás teorías de la conspiración las inventamos nosotros para desviar la atención mundial hacia nuestro poder.

Pero Expediente X es ciencia-ficción y si nos salimos de eso, la cosa se complica y esta reseña pierde significado.

Sin embargo, si hay algo que chifla al espectador sigue siendo el creer que los hilos del mundo son manejados por unos pocos, poderosos y sin escrúpulos, que esconden secretos y manejan a la ciudadanía como ratas de laboratorio. Ciertamente, en EEUU este tipo de gustos siempre está a la orden del día, debido a esa tradición política de desconfianza hacia el Gobierno, -un postulado muy del Tea Party, sí- y refugiarse en la ficción para quitarse el velo de la ignorancia, que diría John Rawls, y que un Fox Mulder sea el héroe que libre a la humanidad de la tiranía oculta desvelando la verdad, siempre será una buena apuesta, al menos en términos de rentabilidad, para hacer una película o una serie.

Yo me enamoré de Expediente X precisamente por eso: porque durante las 9 temporadas caí en el mundo de Alicia que creó Chris Carter inteligentemente, y quise ser un Fox Mulder luchando contra gobiernos ocultos y fuerzas de otro planeta. Porque quise creer –I want to believe- que los hombres verdes ya se han pasado por aquí, porque quise hacer de mi rutina y cotidianidad algo más llevadero, porque quise darle un sentido que no descubriré jamás a sucesos inexplicables, porque quise enamorar a una mujer tan fría como Scully, y porque me gusta la buena ciencia-ficción.

Porque, en definitiva, me hizo soñar, y no le pido más ni al cine ni a las series ni a los libros. Aunque en tantas ocasiones sea pedir demasiado.

2 comentarios:

Lino Moinelo dijo...

«Expediente X» se ha convertido en un clásico imitado desde entonces hasta la saciedad. Parejas de protagonistas similares desde «Bones» o «Warehouse 13», pasando por una de la marina de los EUA, que ni me acuerdo como se llamaba.
El problema de Expediente X y de gran parte de la ciencia-ficción en España, cuyo público no está preparado para ella, es la confusión con toda la parafernalia esotérica que rodea los temas paranormales. Además, este género tiene como intención mostrar los hechos como si fueran ciertos, lo que lleva a mucha gente a rechazar a la cifi como si fuera un libro de JJ Benitez, al sentirse incomodo con el tema y no saber distingir lo real de la ficción. Al no saber distingir cuando te toman el pelo, de cuando no. Por eso ha estado ZP ocho largos años en el poder.
:-)

Eli Cohen dijo...

Gracias por el comentario Lino. Coincido en el problema principal, en España acaban mezclando estas series con Iker Jiménez y JJ Benitez. Aún así, es un clásico que perdurará en la historia de la TV. El otro día lanzaron un hashtag en Twitter para que los tuiteros pusieran las 5 series que revisitarían. Expediente X estaba en el 90% de los tuits, sin exageraciones.