7.1.11

El muchacho

Escrito en una de tantas noches en busca de esa dama que se llama Inspiración.

Se sentía violento y bruscamente desolado. Le punzaba en el estómago el rechazo, el adiós. Caminaba el muchacho, apenas destetado, como un hombre desgraciado al que la vida había despedazado. No quería oír hablar de puertas que quedaban por abrirse, de tantas horas analgésicas que le esperaban, del péndulo que viene y va y al cual estamos atados sin nuestra venia...Sólo quería seguir caminando, con la esperanza de que al final esa calle tenue y deshabitada, un azar del destino, o un milagro, le otorgará el consuelo.

Comenzó a llover con delicadeza, con tranquilidad, y el muchacho apenás sintió como las gotas del cielo se entremezclaban con las lágrimas que descendían por su rostro desarmado. Siguió caminando, impenitente, hasta que el asfalto sin tránsito de la madrugada le llevó al paseo marítimo. Decidió no cambiar su dirección e ir directo a la orilla. Se descalzó y sintió sus castigados pies diluirse en una fina y fresca arena. La brisa marina comenzaba a empapar su cuerpo y a erizarle la piel cuando empezó a desnudarse a medida que seguía caminando. Ninguna verguenza quedaba cubierta cuando el muchacho entró en contacto con el agua. Las pequeñas olas rugían con suavidad al romper en la orilla, y su dolor, el dolor del muchacho, el más fuerte, el que se sufre adentro, dentro, sin testigos, comenzó a mitigar.

Se zambulló con fuerza y nadó, al principio, con rabia, irritado. Continuó nadando como un atleta, hacia lo profundo. Sus pensamientos desaparecían con cada brazada que clavaba en el agua. Sólo quedaban él y el mar, él y la noche, él y las estrellas. No cesó ni un instante de nadar con fiera intensidad. No se cansaba, porque no reservaba nada para el regreso.

1 comentario:

Anónimo dijo...
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