Que el talento creativo de la ficción en formato audiovisual ha sufrido un trasvase, de la gran a la pequeña pantalla, parece incuestionable. Las series de televisión han ido adquiriendo una importancia en la oferta cultural occidental incalculable, y no solo es debido a internet y a su gran poder de accesibilidad. Al espectador le gusta convertirse en fan, le gusta sentirse identificado semana tras semana con un personaje -¿quién no ha sentido complicidad hacia Tony Soprano, Hank Moody, Jimmy Mcnulty, William Adama, o hacia el mismísimo Homer Simpson, por ejemplo?- , le gusta hacer cábalas y mantener el suspense ante una trama y le gusta, sobre todo, ser dependiente, estar enganchado, acudir a la pantalla para obtener la dosis que lleva días esperando. Las buenas series son una verdadera droga. Y no tanto la guerra, como nos mostró la Bigelow en su oscarizada The Hurt Locker -no sé quien narices será el responsable del titulicidio que la bautizó como En tierra hostil.
Mostrando entradas con la etiqueta Televisión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Televisión. Mostrar todas las entradas
28.3.11
I want to believe
No me apetece escribir sobre Libia, ya lo hice para Horizonte y mi análisis caducó al día siguiente. Mientras el mundo parece desmoronarse, yo elijo el momento, Rick Blaine mediante, para enamorarme. De una serie: Expediente X. Fue un rollete de la adolescencia, es cierto, pero estos últimos días hice un remake de aquellos confusos años revisitando esa serie que, junto a Los Simpson, al grunge y en especial a Nirvana, a unas pocas películas como Trainspotting, y a una felación presidencial, marcaron la década de los 90.
Publicado por
Eli Cohen
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
en
4:46 p. m.
2
comentarios
Etiquetas:
Series,
Televisión
31.1.11
Pero qué cabrona que es la verdad, Javier
Cuando España entera estaba dominada por Crónicas Marcianas y Gran Hermano -¿toda? ¡NO! un pequeño reducto en lo más abajo de Andalucía resistía entonces y siempre al invasor- he de confesarlo, me atraparon muchos prejuicios. Me dolía que mis coetáneos fueran zombies, no como los de The Walking Dead, sino trozos de carne abstraidos por un aparato que parecía la caja de Edward Nigma en la muy olvidable Batman Forever. Puede que fuera altruismo, no lo sé. Al fin y al cabo, estaba violando una de las máximas que se ha grabado a fuego en mi subconsciente sociopolítico: Que cada uno decida emplear su tiempo en lo que le haga feliz sin molestar a los demás. Punto. Y todos los que me rodeaban lo estaban -felices- pero yo no.
Publicado por
Eli Cohen
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
en
11:55 p. m.
3
comentarios
Etiquetas:
Conflicto,
Periodismo,
Televisión
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
